Cuando te das cuenta de que quieres irte fuera

Semáforo de Place de la Constitution
Semáforo de Place de la Constitution

24 de Octubre de 2013

Hace exactamente un año supe que me iría a Luxemburgo. A Luxemburgo nada menos. Un país del que no tenía ni idea y que no se hacía nada fácil de conocer por internet. Recuerdo pensar “¡Pero qué sitio no tiene un street view en google maps a estas alturas!”. Pues precisamente Luxemburgo. Una de esas cosas que le descolocan a uno y le dejan con esa intriga, con esas ganas de saber más desde antes de llegar, como si hubiese algo de alto secreto escondido que no quieren que sea visto si no es en persona.

Y en realidad, algo de razón tenía, aunque para hacer balance sobre Luxemburgo ya me espero a diciembre, que no está tan lejos 😛

Hoy quiero recuperar un poco qué estaba viviendo Lidia antes y después de aquel día que sin duda me marcó. Puede parecer ridículamente cerca, sólo un año, pero yo lo siento a millones de vidas atrás. Quizá porque al vivir fuera, al menos creo que hasta que pasa una buena temporada, sientes como si la noción del tiempo cambiase y cada mes parecen tres.

Recuerdo muchos sentimientos de aquella época. Y no muchos buenos. Llevaba buscando trabajo dos meses. Sólo había conseguido dos entrevistas: una en la que básicamente me hicieron ir para decir todas las cosas malas de mi portfolio (ay… mis queridas agencias…) y otra que fue muy bien pero en que le acabaron dando el puesto a otra persona. Me alegró que me llamaran por teléfono para decírmelo: que mi nombre había estado hasta el final, que me presentase a la próxima, que les había encantado, que me seguían en twitter… y, por primera vez en bastante tiempo, supe que me estaban diciendo la verdad. Y recuerdo también alegrarme enormemente por ellos, porque sabía que esa no era una puerta que no se me cerraba porque, sencillamente, no era la mía. Yo en el fondo lo sentía. O al menos lo intuía.

Un mes antes, en septiembre, había recordado lo que era el Voluntariado Europeo y había enviado mi CV a diestro y siniestro porque me di cuenta de que a pesar de adorar mi trabajo en ese momento, no me daba lo suficiente para vivir y yo sabía que había algo más fuera de España. Que tenía que haberlo. Que yo sabía idiomas y tenía unas capacidades y que tenía que haber algún lado en el que pudiesen servir de algo y ser apreciadas lo suficiente como para que además alguien me pagase por ello. Pero más que nada, porque había algo dentro de mí que echaba de menos estar en otro país, rodeada de otra gente, otra lengua y otro cielo que no eran los míos.

Y recuerdo que el primer proyecto de los 217 que miré era, nada más y nada menos, en Luxemburgo. Algo de comunicación para los Boy Scouts, por los que nunca había sentido ningún interés. Pero miré en google maps y vi lo cerca que estaba del centro y lo bonitas que eran las pocas fotos que encontré. A los pocos días, un email me invitaba a saber más de mí y a hacer una entrevista. Qué emoción sentí al hablar francés otra vez por Skype (aunque menudo acentazo español) y qué entorno más poco común: la habitación de casa de mis padres en Ávila, poco antes de comer, mientras mi padre bajaba la escalera para hacer la comida. Aquella conversación fue como una burbuja de otro tiempo, pasado y a la vez futuro.

Supe que fue bien, pero no fue hasta dos semanas después que supe que me iría al leer “nos encantaría que trabajaras con nosotros” en un email.

Sólo recuerdo saltar y llorar así de la emoción otra vez en mi vida: cuando leí en las listas del Erasmus que iría a París.

Por fin. ¡¡POR FIN!! Por fin había un destino claro. Un proyecto de 8 meses en Luxemburgo. Entonces no lo supe, pero fui elegida entre otro centenar de candidatos, aunque en aquellas circusntancias el único dato que era necesario para hacerme sentir valorada era el mero hecho de que alguien me iba a dar una oportunidad. Ser joven y sentirse valorado por un currículum o por unas capacidades profesionales hoy en día en España no es fácil. No digo que lo sea para otros rangos de edad. Pero en mi caso, sólo recuerdo la frustración de ver cómo horas y horas de búsqueda no daban ningún fruto. Día tras día. Me sentía rechazada por un sistema del que además no quería seguir formando parte. Algo en mí sabía que conmigo la mecánica de siempre no iba a funcionar. Creo que porque realmente quería irme fuera y no me di cuenta hasta que vi que en realidad era algo que podía pasar.

Y pasó. Y de hecho, pasaron los 8 meses como si fuesen en realidad 2 años por la cantidad de cosas, de gente, de vidas que pasaron y en tantos y tantísimos sitios. Pero esas son otras historias.

El caso es que los 8 meses han dado paso a otros 3 y es posible que desde aquí, ponga un rumbo nuevo a partir de enero. ¿Quién lo iba a decir?

Si hay alguna moraleja en esta historia es: si estás pensando en irte, VETE. No necesitas siquiera el destino. Ni siquiera hablo de cambiar de país. Pero escúchate, y hazte caso. Sea lo que sea, hazlo. Y hazlo sin el miedo de qué podra o no pasar después porque es la peor excusa del mundo. Nadie lo sabe. Pero lo que sí es cierto, es que si das ese paso, estarás acercándote a algo que, aunque aún no lo sepas, te hará más feliz.

O al menos, expandirás tus límites descubrirás cosas nuevas de ti. Eso te lo garantizo

¿Quién me iba a decir a mí que me engancharía tanto hacer vídeos como para ganar en un concurso, por ejemplo?
Sea lo que sea, hazlo.

Da el primer paso con fe. No tienes por qué ver toda la escalera. Basta con que subas el primer peldaño
Martin Luther King

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Lidia Chía

Las ganas de salir y vivir otras cosas me llevaron a vivir primero en París, luego a currar en Luxemburgo y acabo de volver de pasar unos meses en la bahía de San Francisco.
Soy diseñadora gráfica pero hago un poco de todo como puedes ver en mi portfolio: www.lidiachia.com. Aunque lo que más me ha divertido ha sido ser monitora de patinaje.
Siempre he mezclado churras con merinas, qué le voy a hacer.

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